Había caído la noche. Iba llegando a su fin el lunes, 4 de noviembre de 1940. Al día siguiente se celebraría la elección más transcendental del siglo 20 puertorriqueño. Y Luis Muñoz Marín, física y emocionalmente agotado, se aprestaba a dirigirse al país por última vez antes de conocerse el veredicto de las urnas. Aquella campaña había sido una batalla despiadada. Contra Muñoz se había desatado una feroz campaña de destrucción personal: que si estaba escondiendo la independencia, que si era comunista, enemigo de la religión, ateo, antiamericano, chota a las órdenes de la inteligencia americana, alcohólico, morfinómano, adúltero, vago diletante adicto al ocio, entre tantas otras acusaciones.
Así las cosas, aquella noche víspera de las elecciones Muñoz se dirigió al país a través de la señal radial de WKAQ y dijo las siguientes palabras: “Los han engañado y turbado a ustedes. Les han dicho que tienen que ser del mismo partido toda la vida. ¡Eso es embuste, embuste, embuste! ¡Nadie tiene la obligación de ser del mismo partido toda la vida! Por los partidos se vota porque se tiene esperanza de que van a hacer justicia. Después que los partidos han llegado al gobierno y no han hecho justicia, no puede haber obligación de seguir votando por esos mismos partidos […] Y yo, que soy el jefe del Partido Popular Democrático, les digo a ustedes que nadie tiene la obligación de ser popular toda la vida. El Partido Popular Democrático es el que tiene la obligación de cumplir su palabra ante ustedes y de hacer justicia para ustedes. Pero si el Partido Popular Democrático hace lo mismo que los demás, no cumple con su obligación de hacer justicia para ustedes […] deben repudiar al Partido Popular Democrático también.” (Véase Muñoz Marín, Discursos 1934-1948, Vol. 1 a las págs. 88-89 (1999)).
Para quienes hoy desde la desesperación intentan desconocer el récord histórico sépase que el PPD y la gesta transformadora de Muñoz surgió precisamente del voto útil y de la conformación de una gran alianza política que alcanzó aglutinar a puertorriqueños de gran talento y de grandes divergencias ideológicas.
Ochenta y cuatro años más tarde, la pregunta de rigor es: ¿Salir a votar para qué? Para darte a respetar. Para acabar con los corruptos. Para deshacernos de quienes han llevado a niveles inusitados el uso y abuso de la pata de cabra. Para acabar con la impunidad de quienes se han dedicado a saquear las arcas públicas. Para sacar la cara por la dignidad de nuestro pueblo. Para enviar un mensaje alto y claro a Washington de que Puerto Rico no es un basurero político. Para salir de los embusteros y sus infames campañas de manipulación, mentiras y miedo. Para callarle la boca a quienes con micrófono en mano se dedican a mancillar la reputación de los que piensan distinto a cambio de prebendas y payola. Para traer gente honrada al servicio público independientemente de banderías partidistas o ideológicas. Para invertir estratégicamente los fondos públicos (locales y federales) en las necesidades de la gente y no sembrarlos en los bolsillos de los enchufados con el poder. Para enderezar el rumbo de nuestra economía sobre la base del empresarismo, la internacionalización y la justicia social. Para meterle el pecho al desbarajuste de LUMA. Para evitar que la Rama Judicial y la Contraloría continúen a la merced de los mismos comisarios políticos de siempre. Para pegarle un manguerazo a la legislatura y salir de los “chupólogos” que la usan de madriguera. Para pegarle esa misma manguera a las alcaldías y a los rateros que por allí merodean. Para agilizar con tino y aplomo la salida de la Junta de Control Fiscal. Para concertar las alianzas que el país tanto necesita en áreas tan vitales como salud, educación, seguridad y desarrollo económico para asegurarnos que no ocurra una segunda quiebra y que tus hijos se puedan quedar en la tierra que los vio nacer.
Puertorriqueños, hoy 5 de noviembre, tenemos una cita con la historia. Para atrás ni para coger impulso.
La consigna es clara: ¡Sal a votar!
Por Puerto Rico.
Sin Miedo.