Llegaba a su fin la década del treinta y Joseph Stalin comenzó a dudar de la lealtad de su círculo de aduladores en el comité central del Partido Comunista. Maquiavélico como él solo, Stalin usó como excusa la inminente amenaza Nazi que ya iba cogiendo forma en Europa para desaparecer a todo aquel que osara pensar distinto a él.
¿Y qué hizo? Desató una feroz purga a través del vasto territorio soviético. No dejó títere con cabeza. Ordenó el asesinato de miles. A los que no mató los desterró a los helados campos de concentración de Siberia, bajo el ojo escrutador de su sádica policía secreta. Lejos de asumir una postura de autocrítica que le hubiera permitido identificar las debilidades de su diezmada infraestructura militar, Stalin (cual Nerón cuando la quema de Roma) se empeñó en buscar culpables donde no los había. Y pagó las consecuencias.
Así mismo andan hoy los que le han declarado la guerra mediática a Juan Zaragoza y Jorge Colberg por el mero hecho de haber aceptado la invitación de la gobernadora electa a servir en su comité de transición. Detrás de un micrófono, sin el más mínimo rigor historiográfico, es un mamey.
¿Y de qué se les acusa? De traidores, apóstatas, buscones, desconsiderados y oportunistas. Contra Zaragoza el rencor es mucho mayor. Se le acusa de revanchista, mal perdedor, puñalero, hipócrita, desvergonzado y malagradecido. Algo así como el Judas Iscariote de la política puertorriqueña.
¿Pero a quién fue que traicionaron Zaragoza y Colberg? ¿A sus conciencias? ¿A sus principios? ¿A su país? ¿Acaso es que la política partidista debe ir por encima de las cuestiones de estado y gobierno? De ninguna manera.
Curiosamente, la lógica de quienes pretenden demonizar a Zaragoza y Colberg es tan torcida que nos llevaría a las más absurdas conclusiones.
¿Cómo cuáles?
Como que Luis Muñoz Marín fue un traidor consuetudinario porque en 1931 endosó públicamente la candidatura al Senado de Pedro Albizu Campos para las elecciones de 1932 y porque en 1936 abogó por el retraimiento electoral y se negó a hacer campaña por el Partido Liberal en el cual entonces militaba. (El Mundo, 22 de noviembre de 1931 pág. 1 y 27 de junio de 1936 pág. 1).
Como que Roberto Sánchez Vilella fue otro traidor porque designó a Antonio Luis Ferré, hijo de su sempiterno rival Luis A. Ferré, presidente del Consejo Superior de Enseñanza al asumir la gobernación en 1965 y se negó a hacer campaña por Luis Negrón López en 1968. (El Mundo, 22 de julio de 1968 pág. 1).
O como que el propio Ferré traicionó la estadidad en 1970 cuando nombró al Dr. Rafael Picó y a Sol Luis Descartes, antiguos miembros del gabinete de Muñoz Marín, al Comité Ad Hoc sobre el voto presidencial en 1970. (El Mundo, 28 de enero de 1970 pág. 1).
Tan absurda es la postura de los detractores de Zaragoza y Colberg que haría de Rafael Hernández Colón otro traidor porque nombró al general Fernando Chardón, exsecretario de Estado de Ferré, ayudante general de la Guardia Nacional en 1973. (El Mundo, 27 de enero de 1973 pág. 1).
Bajo la lógica de estos inquisidores Severo Colberg Ramírez (padre de Jorge Colberg) estaría en las pailas del infierno por haber acordado con el entonces speaker penepé Ángel Viera Martínez el famoso acuerdo Viera-Colberg de 1981, con el que rompió el tranque que había paralizado los trabajos en la Cámara de Representantes a raíz de la traumática elección de 1980. (Resolución de la Cámara Núm. 131 del 22 de abril de 1981).
Y ni hablar de Águedo Mojica, vicepresidente popular de la Cámara, quien a la muerte de Albizu Campos en 1965 fue el único líder de la Pava que rindió guardia de honor en el Ateneo frente al féretro del prócer.
Y claro Carlos Díaz Olivo, David Noriega, Pedro Toledo y tantos otros distinguidos puertorriqueños todos fueron unos traidores porque accedieron al llamado de gobernadores de otros partidos.
Así de torcida es la lógica de los inquisidores mediáticos.
Aquí no hay ni villanos ni traidores.
Únicamente puertorriqueños.