Rafael Cox Alomar

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Venezuela: una satrapía en el Caribe

Published at El Nuevo Día Allá para 1949, cuando la sanguinaria tiranía del caudillo dominicano Rafael Leónidas Trujillo no parecía tener fin, se publicó en México un libro titulado Una satrapía en el Caribe, de la pluma del intelectual español José Almoina (quien antes de huir de Santo Domingo era tutor de Ramfis Trujillo). Con…

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Allá para 1949, cuando la sanguinaria tiranía del caudillo dominicano Rafael Leónidas Trujillo no parecía tener fin, se publicó en México un libro titulado Una satrapía en el Caribe, de la pluma del intelectual español José Almoina (quien antes de huir de Santo Domingo era tutor de Ramfis Trujillo).

Con su escalofriante relato, Almoina dejó al desnudo la diabólica era de Trujillo. Almoina, al igual que el escritor vasco Jesús de Galíndez, pagó con su vida la osadía de desenmascarar a Trujillo. Los sicarios del generalísimo finalmente dieron con su paradero en la Ciudad de México, matándolo a tiros el 4 de mayo de 1960. Hasta allá fueron a parar los siniestros tentáculos del sátrapa dominicano.

Resulta francamente bochornoso que, a estas alturas del siglo 21, aun pululen por nuestro Caribe sátrapas tan descarados como Miguel Díaz Canel, Daniel Ortega y Nicolás Maduro. Se cantan hijos de Martí, Sandino y Bolívar, pero en realidad son unos vulgares dictadores, destructores de los pueblos que a sangre y fuego aquéllos fundaron. Maduro se robó las elecciones en Venezuela. No busque más. Y si no es así, ¿por qué los miembros del Consejo Nacional Electoral de Venezuela no acaban de enseñar las actas de escrutinio de cada unidad electoral? Porque el dictador que los nombró cogió una pela e intentan por todos los medios (incluidos la tortura y el asesinato) desconocer la victoria de la oposición. El problema que tiene el sátrapa de Maduro es que la oposición, a la que siempre subestimó, ha hecho público el 81.21% de las actas electorales que confirman su aplastante derrota en cada uno de los 23 estados venezolanos y el Distrito Federal.

Y mientras Venezuela cogía fuego por las cuatro esquinas y los venezolanos comenzaban a salir a la calle a reclamar su libertad sin más arma que su dignidad, decapitando cuanta estatua de Hugo Chávez encontraban en su camino, aquí en Puerto Rico asomó las narices un viejo y desfasado marxólogo anarquista, enajenado de la realidad puertorriqueña, en una burda y despreciable defensa del delincuencial régimen venezolano sin el más mínimo indicio de autocrítica.

Defender desde la izquierda puertorriqueña al sátrapa de Maduro es un disparate histórico e ideológico. ¿Acaso no fueron Betances, Martí y Albizu eminentemente anti caudillistas? ¿Acaso no fue Betances quien combatió al caudillo haitiano Sylvain Salnave y a los déspotas dominicanos Buenaventura Báez y Ulises Heureaux por lo mismo que hoy combatimos a Maduro? ¿Acaso no fue Martí recién llegado a México con apenas 23 años quien alzó su voz contra el golpe militar perpetrado por el funesto Porfirio Díaz? ¿No fue Albizu Campos de visita en La Habana en 1927 quien arremetió contra la dictadura de Gerardo Machado? ¿Entonces con qué cara defender a un régimen criminal, caudillista, totalitario, represivo, corrupto y narcotraficante que tortura, explota y empobrece a los venezolanos? ¿Cómo defender a un régimen que convirtió al país más rico de América en un mero satélite indigente de China, Rusia e Irán?

Los que insisten en defender lo indefendible lo hacen desde la óptica de la tontería ideológica que jamás les permitió ganarse la confianza del pueblo puertorriqueño. Los mismos que siempre acariciaron la peligrosa fantasía de importar a nuestro suelo modelos políticos ultraizquierdistas que nada tienen que ver ni con las aspiraciones de los puertorriqueños ni con la trayectoria histórica del soberanismo puertorriqueño.

En Puerto Rico, que sirvió de refugio a Bolívar cuando el Libertador en 1816 ancló en Vieques a raíz de su expulsión de Venezuela, que luego en 1908 acogió al expresidente Cipriano Castro a propósito del golpe de estado del dictador Juan Vicente Gómez y que más adelante entre 1954 y 1958 sirvió de centro de operaciones para el expresidente Rómulo Betancourt en su lucha por acabar con la tiranía del general Marcos Pérez Jiménez, sentimos la tragedia venezolana como nuestra.

Desterremos la tontería ideológica. Abracemos la razón y la justicia.

“Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó. La ley respetando la virtud y honor”.

 

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