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PPD: ¿jalda empinada?

Published @El Nuevo Día Le asiste la razón al recién juramentado presidente del Partido Popular cuando cándidamente admitió en su discurso inaugural que la Pava tiene “por delante una jalda empinada”. A propósito de la admisión de Pablo José Hernández y del debate que posteriormente suscitó el oportuno análisis de los amigos Leo Aldridge y…

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Published @El Nuevo Día

Le asiste la razón al recién juramentado presidente del Partido Popular cuando cándidamente admitió en su discurso inaugural que la Pava tiene “por delante una jalda empinada”.

A propósito de la admisión de Pablo José Hernández y del debate que posteriormente suscitó el oportuno análisis de los amigos Leo Aldridge y Jorge Colberg Toro, me permito hacer las siguientes observaciones.

El firmamento político de hoy es muy distinto al de 1969, cuando Rafael Hernández Colón con apenas 33 años (misma edad que Pablo) fue electo por aclamación presidente de la Pava, en presencia de Luis Muñoz Marín y frente a una multitud de 20,000 personas que abarrotó el Parque Paquito Montaner en Ponce.

Hernández Colón cogió un partido que, aunque aturdido luego de su primera derrota en las elecciones de 1968, seguía siendo la principal fuerza política del país. Hábilmente restructuró el partido, eliminó la inoperante comisión presidencial y la sustituyó por una junta de gobierno compuesta, no por guiñapos políticos (“political hacks”), sino por pesos pesados. Ahí que el mismo día que Hernández Colón accedió a la presidencia del partido fueron electos a la recién creada junta de gobierno figuras de la veteranía, sagacidad y prestigio de Juan Cancel Ríos, Severo Colberg Ramírez, Hipólito Marcano, Santiago Polanco Abreu, Luis Izquierdo Mora y Luis Ernesto Ramos Yordán.

El Partido Popular Democrático (PPD) de 1969, a pesar de haber perdido la gobernación en 1968, controlaba el Senado (presidido por Hernández Colón), contaba con cerca de la mitad de los escaños de la Cámara de Representantes, dominaba 49 de los 76 municipios (no existían Florida ni Canóvanas), ejercía un poder irrestricto a lo interno de la Junta Estatal de Elecciones de entonces, sobre todas las agencias de gobierno, los tribunales inferiores y el Tribunal Supremo (cuyos jueces con excepción de Hiram Torres Rigual habían sido nominados en su totalidad por Muñoz Marín).

Aquel Partido Popular de 1969 acababa de ganar en grande el plebiscito de 1967. El Estado Libre Asociado había logrado una mayoría abrumadora (60.5% de los votos). Contaba con un proyecto ideológico (política y jurídicamente) viable en Washington que, a su vez, gozaba de la entusiasta simpatía del Departamento de Justicia federal, del Primer Circuito en Boston y de la Corte Burger que por aquel entonces se inauguraba (la que en Examining Board v. Flores Otero (1974) señaló que “Puerto Rico occupies a relationship to the United States that has no parallel in our history.”)

Cuando Hernández Colón llegó a la presidencia en 1969, el Congreso estaba en manos demócratas y el Estado Libre Asociado contaba allí con grandes aliados (Henry M. Jackson, Ted Kennedy, Tom Foley y muchos otros). Inclusive el propio presidente Nixon guardaba cierta deferencia hacia la Pava y el ELA en agradecimiento al gesto que Muñoz tuvo con él en 1958 cuando siendo vicepresidente lo habían sacado a palos de Caracas y Muñoz lo acogió aquí. (El Mundo, 15 de mayo de 1958, pág. 1).

Aquella todavía era la época de la Guerra Fría. Puerto Rico seguía siendo pieza clave en el tablero geopolítico. Vietnam estaba a fuego, la revolución cubana se consolidaba, Inglaterra negociaba una modalidad de libre asociación con sus posesiones en el Caribe oriental (1967), Vieques y Culebra eran botín de la Marina, los aparatos de inteligencia federales y locales reprimían al independentismo y el capital norteamericano buscaba acceder a las ventajas que nuestra autonomía fiscal garantizaba bajo la Sección 931 (precursora de la 936).

¿Y qué tiene que ver todo esto con la admisión que hizo Pablo José en Humacao?

Mucho.

¿Y por qué?

Porque todo cambió.

Porque un partido colonialista, que llegó tercero en las pasadas elecciones, desbandado, sin proyecto ideológico, sin aliados de peso en Washington frente a un electorado de criterio independiente, de talante anticolonialista y simpatizante del voto mixto ciertamente enfrenta una jalda empinada.

Y repechar esa jalda no es cosa de un solo individuo.

Requerirá retomar la iniciativa histórica, desterrar la ambivalencia, hablar con la verdad, tender puentes a quienes piensan distinto, fumigar a los buscones que pronto empezarán a merodear e ir a la caza de talento donde quiera que se encuentre.

Ahí las coordenadas de la empinada jalda popular.

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