En el debate presidencial del pasado jueves, a Joe Biden le sacaron las tripas sin anestesia. Aquello fue una carnicería presenciada por 51 millones de votantes en vivo, a todo color y en horario estelar. Su candidatura a la reelección está tan muerta como la candidatura de Rafael “Tatito” como alcalde de Dorado o la de Jesús Manuel Ortiz para la gobernación de la isla. No hay posibilidad alguna de resurrección.
Tan moribunda quedó la candidatura de Biden después del debate que The New York Times en un histórico editorial le pidió que se retire de la contienda y deje en manos de los 4,672 delegados que participarán de la Convención Demócrata en Chicago la selección de un nuevo líder con la fortaleza física y mental para subirse al cuadrilátero con Donald Trump.
Le asiste la razón a la junta editorial del diario The New York Times. Si Biden insiste en aferrarse a su candidatura, en cuestión de meses la Casa Blanca, el Departamento de Justicia, el Pentágono, el Congreso, las cortes federales y el mundo entero caerán nuevamente en las truculentas manos de Donald Trump y sus estrafalarias fuerzas oscurantistas (donde pululan figuras tan repugnantes como Vladimir Putin, Kim Jong-un y Benjamin Netanyahu).
Curiosamente fue la campaña de Biden la que buscó el debate con Trump. Lo que confirma que en el imaginario cultural americano siempre ha existido una suerte de fascinación con el ritual del debate político. ¿Por qué? Porque si algo demuestra la historia política americana es que los debates ponen y quitan presidentes. Se trata de algo que evidentemente no midió la campaña de Biden antes de tirarse de cabeza a una piscina vacía.
El desconocido y múltiples veces derrotado Abraham Lincoln jamás hubiera alcanzado la nominación republicana a la presidencia en 1860 a no ser por su brillante ejecutoria en los siete debates que libró contra Stephen Douglas en 1858, cuando ambos se disputaban uno de los dos escaños de Illinois en el Senado federal.
Cien años más tarde fue John F. Kennedy quien se catapultó a la presidencia, luego de barrer el piso con Richard Nixon en el primer debate presidencial transmitido por televisión. Nixon pagó los platos rotos. Su ventaja en las encuestas se esfumó y aunque logró lucir mejor en los próximos tres debates, aquella patética primera impresión lo llevó derechito a la derrota. Tan traumado quedó Nixon que jamás volvió a debatir. Se negó a debatir con Hubert Humphrey en 1968 y con George McGovern en 1972.
A Gerald Ford los debates con Jimmy Carter en 1976 lo hundieron. Lo hicieron ver como todo un incompetente. Aunque no tan incompetente como Biden.
Esta no es la primera vez que un presidente se incapacita permanentemente. Ya pasó con James Garfield, en julio de 1881, luego que un buscón chupa contratos llamado Charles Guiteau le cayó a tiros. Garfield finalmente murió en septiembre de ese mismo año.
Pasó con Woodrow Wilson, quien en septiembre de 1919, a su regreso de París luego de firmar el tratado de Versalles, sucumbió a dos derrames cerebrales que lo paralizaron y su esposa Edith se convirtió en el poder detrás del trono por el resto del cuatrienio.
Ocurrió también con Franklin D. Roosevelt, cuya condición cardíaca jamás fue revelada al público, y quien en 1944 corrió para su cuarto y último término, a sabiendas de que solamente le quedaban meses de vida.
Sin embargo, estos ya no son los tiempos de Garfield, Wilson y Roosevelt cuando no existían redes sociales, internet, ni televisión y la prensa no eran tan incisiva como hoy. La decadencia de Biden está a la vista del mundo las 24 horas del día. Es por ello que el problema con Biden es mucho más crítico. No se trata simplemente de una crisis electoral, se trata de una crisis de seguridad nacional. ¿Quién está a cargo en Washington? ¿Cuál es la verdadera condición de salud del presidente? ¿Qué están ocultando?
Sobre Biden se impone la obligación patriótica de sacrificar sus propios intereses con tal de evitar que Trump y sus compinches acaben de ultrajar la república por la que ofrendaron sus vidas Kennedy, Lincoln y King.