Rafael Cox Alomar

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Del trabalenguas de Biden al atentado contra Trump

Published at El Nuevo Día Para Estados Unidos llueve y no escampa. Primero vino el debate que confirmó nuestras peores sospechas. Joe Biden no tiene la vitalidad física ni mental para permanecer por mucho más tiempo en la presidencia. Esa noche su candidatura implosionó. O renuncia a la reelección o llevará al Partido Demócrata, a…

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Para Estados Unidos llueve y no escampa. Primero vino el debate que confirmó nuestras peores sospechas. Joe Biden no tiene la vitalidad física ni mental para permanecer por mucho más tiempo en la presidencia. Esa noche su candidatura implosionó. O renuncia a la reelección o llevará al Partido Demócrata, a la nación americana y al resto del mundo, directo al precipicio. Así piensa el 72% de los votantes.

Después vino su desastrosa entrevista, de poco más de 20 minutos, con George Stephanopoulos. Acto seguido George Clooney (quien la semana anterior había levantado $30 millones para la campaña del presidente) publicó una demoledora columna en The New York Times implorando con carácter de urgencia su salida de la papeleta, a la vez que un número considerable de congresistas demócratas exigieron públicamente su renuncia. Ya para el viernes la situación de Biden era tan débil que la gobernadora demócrata de Michigan, Gretchen Whitmer, prefirió sacarle el cuerpo al presidente antes que acompañarlo a un mitin en su propio estado. Así de traicioneros son los políticos.

Y mientras la candidatura de Biden se iban deshilachando a la velocidad del rayo, en Washington se celebraba con bombos y platillos la cumbre de la OTAN. Y allí, ante la incrédula mirada del mundo entero, el presidente volvió a meter la pata. Confundió al presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, con Vladimir Putin y de paso olvidó el nombre de su propia vicepresidenta Kamala Harris, a quien llamó vicepresidenta Trump.

Ya cuando pensábamos que lo habíamos visto todo, un sicario apostado en la azotea de un edificio en el pueblecito de Butler, Pennsylvania, empuñando una escopeta y abusando de los derechos que emanan de la Segunda Enmienda de la que Donald Trump y Clarence Thomas tanto hacen alarde, abrió fuego contra el expresidente. Y aunque los detalles todavía no están del todo claros, desde ya podemos decir que con este atentado vuelve a abrirse en los Estados Unidos la peligrosísima Caja de Pandora del asesinato político.

Pocas naciones han vivido tan intensamente los desgarradores estragos del asesinato político como Estados Unidos. Y es que la vida política norteamericana, desde sus inicios, quedó irremediablemente manchada por la sangre y empañada por el luto. El asesinato de Alexander Hamilton (padre intelectual del constitucionalismo americano y primer secretario del Tesoro) a manos de Aaron Burr en 1804; la tentativa de asesinato contra el presidente Andrew Jackson en pleno Capitolio, en 1835; el asesinato a sangre fría del presidente Abraham Lincoln, en el Teatro Ford el 14 de abril de 1865, pocos días después de la rendición del Sur en Appomattox; el asesinato del presidente James Garfield, en 1881; el asesinato del presidente William McKinley, en la ciudad de Búfalo en 1901, durante su visita a la Exposición Panamericana; el intento de asesinato contra el expresidente Teodoro Roosevelt, en medio de la divisiva campaña de 1912; las tentativas de asesinato contra los entonces presidentes electos Herbert Hoover y Franklin D. Roosevelt, en 1928 y 1933, respectivamente; y los terribles asesinatos del presidente John F. Kennedy, en Dallas, el 22 de noviembre de 1963; de Martin Luther King, en Memphis, el 4 de abril de 1968 y de Robert Kennedy, el 6 de junio de 1968 en Los Ángeles, marcaron para siempre el rumbo de la historia americana.

Trágicamente, la república americana continúa hoy hondamente dividida. El experimento político-constitucional, que vio la luz en Filadelfia en 1787 sobre la base de terribles desacuerdos, todavía arrastra graves contradicciones. La Unión que Lincoln, con su inquebrantable solvencia moral, logró preservar a sangre y a fuego está en peligro nuevamente. Si la bala en lugar de rozar la oreja de Trump le hubiera volado la cabeza (lo que por cuestión de centímetros no ocurrió) Estados Unidos estaría hoy ahogado en sangre en medio de su segunda guerra civil. Así de volátil están las cosas.

Ya lo advirtió Lincoln, cuando citó el proverbio bíblico, “una casa dividida contra sí misma no se puede sostener”.

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