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De la doctrina Monroe a la doctrina Trump

Published at El Nuevo Día Llegaba a su fin el año de 1823. Soplaban vientos de cambio. Simón Bolívar y José de San Martín, a fuerza de sangre y fuego, habían redibujado el mapa de las Américas. La España de Fernando VII andaba a la deriva. Del legendario imperio español donde nunca se ponía el…

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Published at El Nuevo Día

Llegaba a su fin el año de 1823.

Soplaban vientos de cambio.

Simón Bolívar y José de San Martín, a fuerza de sangre y fuego, habían redibujado el mapa de las Américas. La España de Fernando VII andaba a la deriva. Del legendario imperio español donde nunca se ponía el sol (en palabras de Felipe II) no quedaba ni rastro.

La victoria de Bolívar y su lugarteniente Antonio José de Sucre en la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824) pronto sellaría definitivamente la expulsión de España del continente sudamericano.

No obstante, Dinamarca, Francia, Holanda y Suecia (en St. Barts hasta 1878) continuaban en control de sus posesiones caribeñas, e Inglaterra, además de su dominio sobre Jamaica, Trinidad y Barbados (entre muchas otras islas de la región) aún era dueña de Canadá y el territorio de Oregón. Rusia, por su parte, era dueña de Alaska y su mera presencia constituía una grave amenaza a los intereses de la joven república americana en las costas del Pacífico.

Asediado por un complejo escenario geopolítico, el entonces presidente James Monroe envió al Congreso un mensaje con fecha del 2 de diciembre de 1823 fijando la posición de los Estados Unidos con respecto al incierto panorama que se cernía sobre el hemisferio.

¿Y qué dijo Monroe?

Que la América, en lo sucesivo, sería para los americanos. Que la América Latina pertenecía a la exclusiva esfera de influencia de los Estados Unidos y que éstos no permitirían que los poderes europeos siguieran inmiscuyéndose en sus asuntos.

Reflejo del solapado pensamiento imperialista que años antes había llevado a la compra del territorio francés de la Luisiana (1803) y el territorio español de la Florida (1819), la Doctrina Monroe sirvió de fundamento ideológico para lo que vino después. ¿Y qué vino después?

La guerra con México (1846-48) y la amputación de más de la mitad de su territorio, acción que trajo consigo la anexión de Texas, California, Colorado, Nevada, Utah, Nuevo México y Nevada, la compra del territorio de Oregón (1846), la compra de Alaska (1867), la anexión de Puerto Rico, Guam y Filipinas (1898), y la compra de las Islas Vírgenes danesas (1916).

Con su discurso de ayer, el recién inaugurado Trump dejó claro que estamos ante un nuevo orden internacional, incompatible con el ordenamiento global urdido en la posguerra e irreconciliable con los valores de autodeterminación y descolonización que llevaron a la conformación de las Naciones Unidas (1945).

A pesar de ser un orador mediocre, cuyo errático e inconexo discurso no alcanzó el prestigio y brillantez retórica de los mensajes inaugurales de Abraham Lincoln, John F. Kennedy y Barack Obama, Trump, con su mensaje, plasmó en blanco y negro las latitudes de una nueva y peligrosa doctrina en el campo de las relaciones internacionales.

¿Y en qué consiste la doctrina Trump? En un regreso irreflexivo, antihistórico y peligroso al siglo 19. A los tiempos de Klemens von Metternich, Maurice Talleyrand, Otto von Bismarck, Benjamin Disraeli y Leopoldo de Bélgica, cuando un puñado de regímenes europeos se dividían el mundo a su antojo. Lo que propone la doctrina Trump es el desmantelamiento del orden internacional como lo conocemos y el regreso al viejo y fracasado orden decimonónico de las satrapías, cuando los viejos poderes imperiales (sin encomendarse a nadie) se repartían el planeta entre ellos. Conforme su visión de las cosas, el mundo ha de dividirse (nuevamente) en esferas de influencias, creando las condiciones para un mundo tripolar dominado por Estados Unidos, Rusia y China. No busque más.

Lo que Trump aparenta desconocer es que esa visión fría y oportunista de las relaciones internacionales ya la pusieron en práctica tanto el kaiser alemán Wilhem II así como el nefasto Adolf Hitler con consecuencias funestas para la humanidad. Ahí las dos guerras mundiales del siglo 20.

Así las cosas, la pregunta obligada es ¿y Puerto Rico qué?

Puerto Rico a prepararse para hacerle frente a Trump y para fiscalizar a los indignos lambones criollos que insisten en cargarle las maletas.

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