A palo limpio. Así están las cosas en el comité de transición. La mítica riña entre Capuletos y Montescos que Shakespeare inmortalizó en “Romeo y Julieta” se quedó chiquita al lado del zafarrancho que hoy arde entre los mandaderos de Pedro Pierluisi y Jenniffer González. El rito de transición apenas comenzó la semana pasada y ya la sangre está corriendo a borbotones.
¿Y de dónde viene el tiroteo?
De todas partes. Desde que arrancó la transición no han parado las balas. El bando de Jenniffer ha barrido el piso con los personeros de Pierluisi, a quienes se les acusa de embusteros e incompetentes y de tener en el gobierno un verdadero “berenjenal” (en las esclarecidas palabras de un distinguido miembro del comité de transición entrante) que hoy pone en riesgo millones de dólares en fondos federales.
Curiosamente, el propio comité de transición nos acaba de confirmar que en ocho años el Partido Nuevo Progresista (PNP) no ha hecho nada, más allá de jugar a la estadidad y traquetear con fondos públicos. Todo lo demás está manga por hombro. No lo dice la oposición. Lo dicen ellos mismos.
¿Y por qué admitirlo ahora?
Porque quieren que Pierluisi cargue con el muerto. Saben que no podrán cumplir la sarta de promesas que hicieron durante la campaña y están buscando cómo echarle la culpa de todo a la administración saliente. Es por ello que no le sacan el puño de la cara a los adláteres de Pierluisi.
Y mientras el bando de Jenniffer, con tono inquisidor, arrecia sus ataques contra el gabinete de Pierluisi, del otro lado de la cancha salió un expresidente de la Palma para denunciar pública y valientemente lo que muchos saben y no se atreven a decir. ¿Qué cosa? Que lo que hay detrás del comité de transición y de la futura presidencia de la Cámara es una alcantarilla de chanchulleros, vendedores de influencias, buscones, truqueros y corruptos prestos a robarse hasta los clavos de la cruz, tan pronto como la gobernadora electa juramente su cargo el próximo 2 de enero. Que lo que viene por ahí es un tsunami de corrupción. O sea que la fiscalía federal se va a poner las botas el próximo cuatrienio recogiendo escombros políticos en la sede del PNP.
¿Y qué significa todo esto?
Significa que la oposición política tiene que ponerse los pantalones largos, buscar entendidos, tirar puentes y lograr concertaciones internas en todo lo concerniente a la fiscalización inteligente, constructiva y estratégica de la próxima administración. Y cuando hablo de oposición política me refiero a aliancistas, populares, al liderato del Proyecto Dignidad y los legisladores independientes que finalmente resulten electos.
Con relación al Partido Popular Democrático algunas voces han comenzado a sugerir con insistencia la deseabilidad de que la presidencia pase cuanto antes a manos de Pablo José Hernández. Otros (los menos) advierten que la presidencia de Jesús Manuel Ortiz vence en 2026 y que, por consiguiente, no habrá transición en la Pava hasta entonces. Si algo enseña la historia política puertorriqueña es que cuando en un partido el poder político anda por un lado y la presidencia por otro surgen graves dificultades. Ahí los experimentos fallidos que protagonizaron Miguel Ángel García Méndez y Luis A. Ferré en el viejo Partido Republicano Estadista durante los años 50 y 60 al igual que Rafael Hernández Colón y Miguel Hernández Agosto en la Pava entre 1978 y 1981, cuando su arreglo de cohabitación causó una crisis institucional en las filas populares. (Consúltese Celeste Benítez “Muñoz y la presidencia del PPD” El Mundo, 30 de abril de 1981, pág. 27-A).
Lo que me trae a Juan Dalmau y la Alianza. Lejos de actuar como las diez tribus perdidas de Israel, la Alianza debe cuanto antes organizarse bajo el liderazgo imprescindible de Dalmau y asumir su rol histórico. Sin olvidar jamás que en política los vacíos se llenan a la velocidad del rayo.
Y mientras el hacha va y viene, amárrese los cinturones que el nuevo capítulo de nuestra historia política ya arrancó.
Y arrancó a palo limpio.