Rafael Cox Alomar

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A 60 días de las elecciones

Published at El Nuevo Día on las elecciones generales a la vuelta de la esquina es buen momento para pasar revista sobre cómo pintan las cosas en Puerto Rico y en Estados Unidos. ¿Qué pasará el 5 de noviembre?¿Regresará Donald Trump? ¿Ganará Kamala Harris? ¿Y Puerto Rico qué? ¿Se consolidará la hegemonía del PNP? ¿Quedará…

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on las elecciones generales a la vuelta de la esquina es buen momento para pasar revista sobre cómo pintan las cosas en Puerto Rico y en Estados Unidos.

¿Qué pasará el 5 de noviembre?¿Regresará Donald Trump? ¿Ganará Kamala Harris? ¿Y Puerto Rico qué? ¿Se consolidará la hegemonía del PNP? ¿Quedará desplazado el PPD a un inconsecuente tercer lugar? ¿Hará historia Juan Dalmau?

Empecemos por el principio. Lo de Trump y Kamala es un choque de trenes. Estamos ante la elección presidencial más reñida desde la contienda entre George W. Bush y el entonces vicepresidente Al Gore.

¿Y los números qué dicen?

Que la cosa está bien apretada en los siete estados que muy posiblemente decidirán la elección presidencial. ¿Y cuáles son esos? Georgia, North Carolina, Pennsylvania, Michigan, Wisconsin, Nevada y Arizona. Joe Biden derrotó a Trump en estos estados (excepto en North Carolina) y Kamala difícilmente llegará a la Casa Blanca sin ellos. ¿Y por qué tanta insistencia en ver cómo se perfila la contienda en cada estado por separado? Porque la presidencia no la gana quien obtiene la mayoría del voto popular, sino quien saca el cincuenta más uno (270) de los 538 electores del Colegio Electoral. Y allí cada estado está representado por una cantidad específica de electores que es igual al número de representantes y senadores que componen su delegación en el Congreso federal. Para Kamala el desafío es no repetir la historia de Hillary Clinton en 2016 y Al Gore en 2000, quienes a pesar de ganar el voto popular a nivel nacional no alcanzaron el número mágico de 270 votos en el Colegio Electoral y, por consiguiente, perdieron la presidencia. (Véase Duodécima Enmienda de la Constitución federal).

Y mientras allá Trump, en su desesperación, acusa a Kamala de comunista, ¿cómo pinta la cosa aquí? Aquí todos los cañones apuntan a Juan Dalmau. El bombardeo contra Juan es francamente brutal, descarnado, diario y continuo. Que si es comunista, que si es mingo de Nicolás Maduro, que si recibe dinero del narcotráfico venezolano, que si va a traer la república por la cocina, que si va a instaurar una dictadura a la cubana, que si va a acabar con nuestras más caras libertades constitucionales, que si es un ateo irredento, que si se tatuó en la espalda algún garabato subversivo, y sabe Dios cuantos disparates más.

Llama poderosamente la atención que la campaña del PNP no desperdicia municiones atacando a la Pava. El ataque es contra Juan porque (como confirman todas las encuestas) es quien único representa una amenaza real contra la candidatura de Jenniffer González. No busque más. Y si a eso le añadimos el torpe culipandeo de Jenniffer con respecto a LUMA, su propuesta completamente hueca de traer otro zar energético, la peste a corrupción que sale de su comité de campaña atiborrado de buscones chupa contratos (futuros convictos federales en estado gestación), y el diluvio de populares que se vaciará tras la candidatura de Juan, la amenaza que hoy pende como espada de Damocles sobre la cabeza del bipartidismo nunca fue más real.

A 60 días todo tiende a indicar que el 2024 podría cambiar el curso de la historia política tanto aquí como allá. Luego de 235 años de vida republicana, Estados Unidos está muy cerca de elegir su primera mujer presidenta, quien a su vez será la primera persona de ascendencia asiática y afrocaribeña en llegar a la Casa Blanca. Y aquí, luego de casi 60 años del sube y baja bipartidista, tal parece que el ciclo histórico que arrancó en 1968 está por terminar.

¿Y qué se interpone en el camino? Una elección cerrada aquí y allá.

¿Por qué? Porque una elección cerrada allá acabará en las manos del Tribunal Supremo federal y allí con toda certeza prevalecerá Trump. Y aquí cualquier elección cerrada la decidirá el prejuicio ideológico de la mayoría penepé en el Tribunal Supremo territorial.

¿Y cómo se brega con eso?

Saliendo a votar con todas las fuerzas.

¿Para qué?

Para que no quede duda alguna de la voluntad de cambio de los puertorriqueños.

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