Recuerdo que en algún punto de mi paso por el Colegio San Ignacio leí “The Catcher in the Rye,” novela que en 1951 catapultó al estrellato al entonces joven, desconocido y siempre ermitaño J. D. Salinger. “The Catcher in the Rye” trata sobre la crisis existencial de un joven adolescente de 16 años que se fuga de la escuela y va a parar a la ciudad de Nueva York, donde pasa varios días deambulando por Manhattan, buscándole un propósito a su vida.
Así era que andaba el presidente del Partido Popular Democrático (PPD) por la convención demócrata. Deambulando por los pasillos del United Center en Chicago. Igualito a Holden Caufield, el compungido protagonista de la novela de Salinger.
¿Y qué hacía el macaracachimba de los populares por allá?
Buscándole propósito a su candidatura e intentando rescatar de las cenizas la ahora malograda relación entre el Partido Demócrata, el PPD y el cadavérico Estado Libre Asociado territorial.
¿Y de esas metas cuál si alguna logró?
Ninguna.
¿Y por qué?
Porque el mundo cambió. Y el Partido Demócrata cambió también.
La relación histórica entre el liderato popular y el Partido Demócrata antecede por mucho la fundación del PPD en 1938. Esa vinculación estratégica comenzó a cuajarse en la campaña presidencial de 1912, cuando Luis Muñoz Rivera era comisionado residente y Woodrow Wilson estaba a punto de convertirse en el primer presidente demócrata desde el cambio de soberanía de 1898. (Véase carta de Muñoz Rivera a Eduardo Giorgetti del 5 de enero de 1912). Desde entonces, Luis Muñoz Marín, quien en 1914 pasó a ser secretario de su padre en el Congreso, se decantó por los demócratas.
La firma de la Ley Jones a manos de Wilson, en 1917, afianzó ese vínculo con el Partido Demócrata, que alcanzó su apogeo con la elección de Franklin D. Roosevelt, en 1932, quien recién llegado a la Casa Blanca creó de un plumazo la PRERA y la PRRA. Luego vino Harry Truman, quien, frente a los desafíos geopolíticos de la posguerra, firmó la Ley del Gobernador Electivo (1947) y la Ley 600 (1950) dándole vida a la Constitución del Estado Libre Asociado. Después vino John F. Kennedy, quien le abrió la puerta, aunque tímidamente, al perfeccionamiento del Estado Libre Asociado. (Véase carta de Kennedy a Muñoz Marín del 25 de julio de 1962).
Con el asesinato de Kennedy, el ascenso al poder de Lyndon Johnson, la consolidación de la Revolución Cubana y la invasión americana a la República Dominicana, el Partido Demócrata reculó y echó al zafacón el bill Aspinall para la culminación del Estado Libre Asociado. Con Jimmy Carter la situación se tornó insostenible para los populares dada la penetración del Partido Nuevo Progresista y Carlos Romero Barceló en las más altas esferas del Partido Demócrata. (Véase memorando de Jack Watson al entonces presidente Carter del 4 de febrero de 1980). Bill Clinton, por su parte, eliminó la 936 y sentó las bases para la destrucción del Estado Libre Asociado cuando su administración concluyó que el desarrollo autonómico sobre la base del consentimiento mutuo no es constitucionalmente viable. (Léase Memorando de Justicia del 28 de julio de 1994 de la autoría de la entonces subsecretaria auxiliar Teresa Roseborough). Y con Barack Obama llegó la Ley Promesa y hasta el Supremo federal finalmente habló dejándonos saber, por voz de dos jueces nominados por presidentes demócratas y confirmados por senadores demócratas (Elena Kagan y Stephen Breyer), que nunca hubo tal pacto entre ellos y nosotros. (Consúltese Sánchez Valle y Aurelius).
Así las cosas, a nadie con dos dedos de frente debe sorprender que el Partido Demócrata sacó al Estado Libre Asociado de su plataforma (tal y como los republicanos hicieron con la estadidad en Milwaukee).
Y ante tan evidente golpe de timón, ¿qué procede? ¿Deambular? ¿Lloriquear? ¿Enchismarse con Kamala? ¿Echarle la culpa a Nydia Velázquez? ¿Pataletear? ¿Dejarse comer los dulces por el PNP?
No.
Lo que procede es estar a la altura de la historia. Hablarle al país con la verdad. Dejar la cobardía en la gaveta y luchar estratégicamente por la descolonización de Puerto Rico.
De frente y sin miedo.