Mientras el equipo de la gobernadora electa pasa el cepillo entre los contratólogos para dizque pagar el jolgorio inaugural, a la vez que intenta robarle la elección a Eliezer Molina, desde Mar-a-Lago Donald Trump se apresta a poner al mundo de rodillas.
El ahora presidente electo habló alto y claro. Le arrebatará el Canal de Panamá al valeroso pueblo panameño. Expulsará a Dinamarca de Groenlandia. Anexará la vecina Canadá para de inmediato convertirla en el estado 51.
Y así, sin más, se revolvió el avispero.
¿Será que China aprovechará para finalmente invadir Taiwán? ¿Y Vladimir Putinpara permanentemente desmembrar Ucrania y de paso tragarse a Georgia y Moldavia? ¿Y Kim Jong-Un para redibujar la frontera entre las dos Coreas? ¿Benjamín Netanyahu para devorar la Transjordania palestina? ¿Marruecos y Argelia para repartirse el Sahara Occidental? ¿Y Javier Milei para quedarse con las Malvinas? ¿Estará loco Trump? ¿O hay método en su locura? ¿De dónde surgen sus ansias imperialistas? ¿Será puro capricho? ¿O hay algo más?
Veamos.
La obsesión con Groenlandia no comenzó con Trump. Surgió luego de la Guerra Civilamericana (1861-65) y coincidió con la compra de Alaska en 1867 (entonces posesión rusa). Curiosamente fue William Seward (secretario de Estado de Abraham Lincoln) quien primero recomendó la adquisición de Groenlandia e Islandia (también bajo la soberanía danesa en aquel momento).
La idea de Seward resurgió en 1916 cuando Estados Unidos compró las entonces Islas Vírgenes danesas y exigió como condición que Copenhagen le reconociera el derecho a quedarse con Groenlandia si Dinamarca algún día decidiera salir de allí. Ahí la razón por la que el presidente Franklin D. Roosevelt ordenó la ocupación de ésta durante la Segunda Guerra Mundial, toda vez que Dinamarca había caído bajo la bota de Hitler.
En 1946 el presidente Harry Truman volvió a la carga. Envió al secretario de Estado James Byrnes a reunirse con Gustav Rasmussen (canciller danés) para reiterar la oferta de compra de Groenlandia. Los daneses nuevamente rechazaron el ofrecimiento.
Imperativos geoestratégicos, económicos, de seguridad nacional e inclusive de cambio climático hacen de Groenlandia pieza clave en el tablero global. (Véase Cox Alomar & Ulrik Pram Gad “Greenland should prepare for the next dispute” Danish Institute for International Studies (2024)).
Igual ocurre con Canadá, que desde tiempos del segundo Congreso Continental (1777) estuvo en la mirilla de los padres fundadores de la república americana. Tan así es que el artículo XI de los Artículos de la Confederación autorizaba prospectivamente la admisión de Canadá. Idea que cobró mayor vigor cuando en medio de la guerra de 1812los ingleses desde Canadá invadieron a Washington (quemando la Casa Blanca y el Congreso) y luego durante la guerra civil cuando contrabandistas ingleses desde el lado canadiense de la frontera hacían causa común con los rebeldes sureños aprovechando que el gobierno del primer ministro Palmerston en Londres había reconocido la beligerancia de los estados del sur.
Asimismo, la ocupación perpetua del istmo de Panamá siempre fue corolario intrínseco de la misma Doctrina Monroe (1823) que llevó al fallido intento de anexar la República Dominicana (1870), la invasión de Cuba y Puerto Rico (1898), la imposición de la enmienda Platt a la Constitución cubana de 1901 (junto a la toma de Guantánamo y la isla de Pinos), y las subsiguientes ocupaciones de Nicaragua (1912), México (1914), Haití (1915), República Dominicana (1916 y 1965) y Granada (1983).
¿Y qué debe deducir Puerto Rico de todo lo anterior?
Que se volvieron a soltar los demonios del imperialismo y el racismo. Que estamos de vuelta a la década del treinta cuando Hitler, Mussolini y Tojo pretendían dividir el mundo entre Alemania, Italia y Japón. Y que Trump, Putin y Xi Jinping son los sátrapas de nuevo cuño que se van a tragar el planeta.
¿Y qué significa eso para Puerto Rico?
Que la estadidad murió.
¿Y qué más?
Que es tiempo de que los soberanistas despierten de la modorra postelectoral, boten el golpe y retomen la iniciativa histórica.
¿Y por qué?
Porque puede ser que la soberanía esté a la vuelta de la esquina.